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Estimado Lector,

hace unos días el equipo de Estimado Lector, recibió una confesión en su casilla electrónica que nos gustaría compartir con usted. El nombre de el/la confesor/a se ha mantenido en completo anonimato a petición de su autor/a, no obstante ha insistido en pedirnos difundir este mensaje.

La situación es preocupante, el equipo de Estimado Lector está completamente de acuerdo en la observación sobre la obsesión generalizada de una gran cantidad de personas (en la micro, en el tren, en el metro, en la calle, en los restaurantes, cafés, etc,) de lo que se ha denominado la “Gran Epidemia del siglo XXI”: la adicción al juego Candy Crush.

¿No lo conoce? Lea este testimonio y por favor: mantenga una distancia prudente.

Candy

“A veces comienzo a calcular el tiempo que me queda hasta que venza el plazo en que tengo que entregar este informe.
Es un informe académico.
Cuando calculo ese tiempo se me forma un nudo en el estómago.
Siento como si la fecha me aplastara.
Como si cada día fuera un chocolate que hubiese que quebrar.
Y cada uno de esos días, de esas horas, deberían alejarme de Candy Crush.
Pero nada me resulta.
Es que la etapa que no he logrado completar hace ya casi una semana no me deja dormir. No sé si existen estrategias. Me da miedo preguntar.
Incluso me da miedo comentarlo con los colegas en el trabajo.

Tengo un perfil paralelo en Facebook. Es de mi sexo opuesto. Encontré una fotografía en internet, la puse en blanco y negro, la recorté y ya tenía a mi alterego.
Solamente lo ocupo para jugar.

Cada día me cuesta más pensar en otra cosa.
Es que los piropos que me lanza el señor Candy cuando mezclo varios caramelos del mismo color, no me los dice nadie más.
Me pregunto qué dirían los colegas.
Pongo el juego en silencio cuando me escapo a fumar.
Y eso que nunca en mi vida he fumado.
Los colegas no hacen más que criticarme.
A veces pienso que sólo hacen eso para engañarme, a ver si exploto y confieso que no me interesa servir al país ni menos a la humanidad, al menos no en este difícil momento de mi vida.
Tengo miedo de que me descubran.
Ellos no juegan Candy Crush, leen libros en el metro, en la micro, cuando vuelven a la casa en la noche.
Usan anteojos grandes, con marcos gruesos de color blanco o negro.
Yo veo bien.
Leo libros solamente cuando se me acaban las vidas.
Me dejan siempre en vergüenza cuando no conozco algún autor o alguna teoría (y es que según ellos sé muy poco para una persona con mi puesto).
Me miran con alevosía cuando piensan que el gobierno me ha dado la confianza como funcionario público, a mí, que ‘no sé escribir’, que tengo ‘escaso vocabulario’, que ‘paso demasiado tiempo en el mall’.
Es que eso último no lo escondo.
Suficiente tengo con ocultar mi frustración (por no decir depresión extrema) cuando se me acaban los movimientos y solamente me quedaba una gelatina.” 

Rehabilitación Candy Crush

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