1

Si supieras todas las fuerzas internas que han terminado por agotarme, todas las locuras que me han pasado por la cabeza… soy ante todo hombre de fantasía, amigo del capricho y de lo deshilvanado. No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejido fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal.

Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor.

¿Me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos, y mis coléricas mudanzas?

Epistolario, Correspondencia con Lousie Colet, Gustave Flaubert (1846: 1988: 18)

2

Jamás hubiéramos llegado a este punto si no fuera por todo lo que hemos pasado. Fue la tristeza originada por las muchas horas de sufrimiento que me has hecho pasar desde hace años las que me convencieron de que te amaba… No olvidemos la época en que, para mí, la existencia merecía la pena sólo si recibía carta tuya, y cuando una decisión tuya significaba vida o muerte.

Epistolario, Cartas a Martha, Sigmund Freud a Martha.

3

Me gustaría poder escribirte en ruso, en azteca, en armenio y en iraní. Porque eres ilimitada. Eres Mona, Anaïs, Lisa, tout le monde, todas combinadas… me siento feliz y confuso como sólo un adolescente podría estarlo. Pero por encima de todo, agradecido, y afortunado. ¿Merezco realmente tan hermosos elogios como tú me dedicas? Haces que me pregunte quién soy exactamente, si me conozco en realidad y qué soy. Me tienes en el misterio. Por lo cual te amo aún más. Caigo de rodillas y rezo por ti, te bendigo con la poca santidad que hay en mí.

Epistolario, Cartas a Brenda Venus, Henry Miller.

4

Mi querida Clemmie: En tu carta desde Madras me escribiste algunas palabras muy queridas por mí, sobre cuánto enriquecía tu vida. No puedo expresarte qué placer me dio esto, porque me siento siempre de forma aplastante tu deudor, si puede haber cuentas en el amor. Lo que ha sido para mí vivir todos estos años en tu corazón y compañerismo ninguna frase puede transmitirlo. El tiempo pasa velozmente pero, ¿no da felicidad ver cuán grande y creciente es el tesoro que hemos recolectado juntos, en medio de las tormentas y de las tensiones de tan agitados – y en cantidad – trágicos y terribles años? Tu amante esposo.

Epistolario, Cartas a Clementine Churchill, Winston Churchill.

 

5

Te extraño, en una manera humana, desesperada y bastante sencilla. Te extraño aún más de lo que podría haber creído; y eso que estaba preparada para extrañarte mucho. Es increíble cuán esencial has llegado a ser para mí. Supongo que estás acostumbrada a personas que dicen estas cosas. No tienes la menor idea cuán reservada puedo ser con personas que no adoro. Lo he convertido en una de las bellas artes. Pero has roto mis defensas. Y yo no lo resiento realmente.

Epistolario, Vita Sackville-West a Virginia Woolf.

6

Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va… La vida se llena con tu nombre: Clara. Yo pondría mi corazón entre tus manos… no tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba… He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde… y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río… Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

Epistolario, Juan Rulfo a Clara Aparicio.

7

Solamente esa fe – que como fe en el otro es amor – puede realmente aceptar al “otro” totalmente. No estoy erigiendo un ideal, aún menos sería tentado jamás a educarte, o a cualquier cosa que se asemeje a eso. Por suerte, a ti – como eres y seguirás siendo con tu historia – así es como te quiero. Sólo así es el amor fuerte para el futuro, y no sólo el placer efímero de un momento, sólo entonces es el potencial del otro también movido y consolidado para las crisis y las luchas que siempre se presentan.

Epistolario, Martin Heidegger a Hannah Arendt.

8

Querida Edith: No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio, para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban). Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos años. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre. Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, de que no le divierta la posibilidad de verme. Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil, que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. Sería mucho peor disimular un aburrimiento. Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver.

Epistolario, Julio Cortázar a Edith Aron

9

Madame: Yo amo a las mujeres misteriosas, desde que usted es una.

Epistolario, Marcel Proust a Madame Strauss.

10

Mi Diego:

Espejo de la noche.

Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos.

Todo tú en el espacio lleno de sonidos – En la sombra y en la luz. Tú te llamarás

Auxocromo, el que capta el color. Yo Cromoforo, la que da el color.

Tú eres todas las combinaciones de números. La vida.

Mi deseo es entender la línea la forma el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.

Epistolario, Frida Kahlo a Diego Rivera.

11

Cuando dos personas se encuentran, deben ser como dos lirios acuáticos que se abren de lado a lado, cada una mostrando su corazón dorado, y reflejando el lago, las nubes y los cielos. No logro entender por qué un encuentro genera siempre lo contrario de esto: corazones cerrados y temor a los sufrimientos. Cada vez que estamos juntos, conversamos durante cuatro, seis horas seguidas, si pretendemos pasar juntos todo este tiempo, es importante no tratar de esconder nada, y mantener los pétalos bien abiertos.

Epistolario, Kahlil Gibrán a Mary Haskell.

12

Aunque parezca una paradoja, la muerte y la vida no son signos opuestos, sino que son un solo fluir, y el vínculo entre el ser que parte y el que queda es el amor… Reflexioné en la intensidad de los momentos que vivíamos en los museos, a lo largo y a lo ancho del mundo, y pensé que esa podía ser una maravillosa alquimia que exaltaría el Amor buscado a tientas por dos almas aún sin nombres, que fueron, son y seguirán siendo un hombre y una mujer, Tristán e Isolda, Dante y Beatriz, Frida Kahlo y Rivera, Ulrica y Javier Otárola, poco importa cómo se llamen, si en el encuentro sienten que se pertenecen con esa llama de pasión inextinguible que no se consume, sino que da fuerzas para sentir que, aun en el infierno, como Paolo y Francesca, ese castigo no es terrible porque lo comparten. Hasta el infierno es ilusorio, como es ilusorio el mundo, para los que se aman, porque sólo ellos existen.

Epistolario, María Kodama a Jorge Luis Borges.

13

Manuel… Quieres conmigo aturdirte como con un mal aguardiente. Esto crece, y me da miedo ver cómo me estás llenando la vida. Te aseguro que no me parece ya un juego ni algo sin peligro. Me da miedo. ¿Qué hacer? No hay remedio… Soy seca, soy dura y soy cortante. El amor me hará otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo. Además, tardo mucho en cobrar familiaridad con las personas. Este dato te dirá mucho: no tuteo absolutamente a nadie. Ni a los niños. Y esto no por dulzura, sino por frialdad, por la lejanía que hay entre los seres y mi corazón. ¿Conseguirán tus ojos mostrarme tu alma de modo que la confianza brote en el acto y eche los brazos al cuello en la realidad como te los echo en la imaginación? No discutamos los modos de amarnos; hablemos de esto que es lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás fea? Tú ¿me querrás antipática? Tú ¿me querrás como soy? Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad de un niño y me dirás: Sí… Mi niño, así te he dicho hoy todo el día y me ha sabido a más amor la palabra que otras. Esta ternura mía es cosa bien extraña. No fui nunca así para nadie. Quizás tu mirada me conmueva más que un abrazo; quizás me dé tu mirar la embriaguez que los demás arrancan de caricias más íntimas. ¿Serás capaz de quererme después de haberme visto? Como un heroísmo tal vez. Pero yo no admitiría heroísmos de esa especie. Tuya, tuya, completa, inmensamente. L

Epistolario, Gabriela Mistral a Manuel Magallanes Moure

14

Todas las cartas de amor son ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás, ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser ridículas.

Pero, al fin y al cabo,

sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son ridículas.

Quién me diera en el tiempo en que escribía
sin darme cuenta, cartas de amor ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos

de esas cartas de amor
sí que son ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,

como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente ridículas).

Poema, Todas las cartas de amor son ridículas, Fernando Pessoa.

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