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El propósito de la vida es vivir, y vivir significa estar despierto…
alegremente, borrachamente, serenamente, divinamente despierto“.
– Henry Miller

De “Los libros en mi vida” (leer texto completo)
Capítulo XIII

Selección de Fragmentos

por Ryder Verdugo

Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un arroyo.

Inmediatamente escucho objeciones. “¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro.”

Yo mismo fui “trabajador” hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles.

Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más “pesados”. Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba deprisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y muchos años después, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito, leí -por lo menos para mí- los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.

Henry Miller – Monólogo del Baño Pt. 1/4 (Asleep and Awake, 1975)

La mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos tienen estantes con libros en el cuarto de baño.  (…) Es sorprendente la avidez con que la gente examina el “material de lectura”, según se le llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? …Estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los “acontecimientos de actualidad”: guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible -donde reciben más noticias frescas, más “acontecimientos de actualidad”- y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?

Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.

Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves “incapacidades”. Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda, antes de que hubiese dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que ahorraran tiempo, antes de que hubiese medios para aprender más rápido, antes de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo, trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo tipo.

…existen bibliómanos que leen durante las comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de compasión.

Henry Miller – Monólogo del Baño Pt. 2/4 (Asleep and Awake, 1975)

Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada. Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer, dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir, es porque algo te molesta. Hay algo “sobre tu mente”, donde en realidad no debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones. Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estás cumpliendo. No importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias cosas al mismo tiempo para “aprovechar el tiempo al máximo”, como se dice. Esto es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con lo fácil! “Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas”. Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.

Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha servido a sus fines. Lo que no se usa y se “acapara” se torna ponzoñoso. Esto es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con “desperdicios”. ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado en el excusado?

Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días en el retrete no es despreciable -algunas personas prefieren llamarlo “W.C.” o el “John”- entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate: “¿Necesito esto? ¿Por qué?” (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no debe desdeñarse.) Supongamos -¡y ya es suponer mucho!- que eres una persona que solamente lee en el excusado “la mejor literatura del mundo”. Aun así, sostengo que te valdrá la pena preguntarte: “¿Necesito esto?”. Supongamos que te resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él. Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además, ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así.

Si realmente fuera ingenioso pensaría en un sustituto de este pernicioso hábito de lectura. Podría, por ejemplo, tapizar las paredes del “waterre”, como dicen los franceses, con lienzos. ¡Qué agradable, sedante, lenitivo y educativo sería dejar que la mirada recorra algunas obras maestras mientras se responde a la llamada de la naturaleza! Para empezar, Romney, Gainsborough, Watteau, Dalí, Grant Wood, Soutine, Brueghel el Viejo y los hermanos Albright. (Las obras de arte, dicho sea de paso, no son una afrenta para el sistema autónomo.) O bien, si su gusto no tiende hacia esas direcciones, podría revestir las paredes del “waterre” con las cubiertas del Saturday Evening Post o con tapas de Time, pues nada podría ser más “básico-básico”, para emplear el lenguaje de la dianética. O bien podría aprovechar los ratos de ocio para ponerse a bordar en sedas multicolores alguna leyenda rara para colgar a la altura de los ojos cuando ella ocupa su lugar acostumbrado en el “waterre”, una leyenda como esta: Hogar es todo sitio donde uno cuelga el sombrero.

Henry Miller – Monólogo del Baño Pt. 3/4 (Asleep and Awake, 1975)

Según mi entender, en la actualidad leemos principalmente por los siguiente motivos: uno, para escapar de nosotros mismos; dos, para armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, para “mantenernos a la altura” de nuestros vecinos o para impresionarles, lo cual es lo mismo; cuatro, para saber lo que pasa en el mundo; cinco, para entretenernos, lo que significa ser estimulados a una actividad mayor y superior, y a una existencia más rica. Podríamos agregar otras razones, pero estas cinco me parecen las principales, y las he consignado por orden de importancia actual, según creo conocer a mis semejantes. No hace falta reflexionar mucho para llegar a la conclusión de que si fuésemos correctos con nosotros mismos y todo marchase bien en el mundo, la única razón válida, la que tiene menor importancia en el presente, sería la última. Las otras desaparecerían porque no tendrían razón de existir. E incluso la nombrada en último término, dadas las condiciones ideales mencionadas, tendría poco o ningún asidero en nosotros. Hay y siempre hubo individuos raros que ya no necesitan los libros, ni siquiera los libros “sagrados”. Éstos son precisamente los iluminados, los que han despertado. Saben perfectamente bien lo que sucede en el mundo. No consideran la vida como un problema ni un calvario, sino como un privilegio y una bendición. No buscan imbuirse de conocimientos sino de sabiduría. No viven torturados por el miedo, la ansiedad, la ambición, la envidia, la codicia, el odio o la rivalidad. Se interesan profundamente pero al mismo tiempo se despreocupan. Gozan todo lo que hacen porque participan directamente. No tienen necesidad de leer libros sagrados ni de comportarse como santos porque ven la vida en su totalidad y ellos mismos son totales, de manera que para ellos todo es total y sagrado.

¿Cómo gastan su tiempo estos individuos excepcionales?

…no importa cómo contemplemos a estas almas raras, no importa el mucho o poco desacuerdo que haya en cuanto a la validez o la eficacia de su manera de vivir, estos hombres tienen en común una cualidad, cualidad que los distingue radicalmente del resto de la humanidad y proporciona la clave de su personalidad, su raison dêtre: ¡tienen todo el tiempo en sus propias manos! Estos hombres jamás están demasiado apurados, jamás demasiado ocupados como para no responder a una llamada. El problema del tiempo sencillamente no existe para ellos. Viven el momento y tienen noción de que cada momento es una eternidad. Todos los demás tipos de individuos que conocemos establecen límites a su tiempo “libre”. Los primeros, en cambio, no tienen otra cosa que tiempo libre.

Henry & June (dir. Philip Kaufman, 1990)

Si pudiera darte un pensamiento que te conviene llevar contigo todos los días al baño sería el siguiente: “Medita en tus momentos libres”. Si este pensamiento no rinde sus frutos, entonces vuelve a tus libros, a tus revistas, a tus diarios, a tus historietas cómicas, a tus aventuras. Ámate, infórmate prepárate, diviértete (…). Y cuando hayas hecho todas estas cosas (…), pregúntate si eres un ser más fuerte, más sabio, más feliz, más noble, más conforme. Sé que no lo serás, pero eso está en ti descubrirlo.

El hecho de que hasta en sueños leamos es un hecho significativo. ¿Qué leemos, qué podemos leer en las tinieblas del inconsciente, no siendo nuestros más profundos pensamientos? Los pensamientos jamás cesan de agitar el cerebro. En ocasiones percibimos la diferencia entre los pensamientos y el pensamiento, entre el que piensa y la mente que es todo pensamiento. A veces, como a través de una pequeña hendidura, captamos un destello de nuestro ser dual. Cerebro no es mente, de eso podemos estar seguros. Si fuese posible localizar el asiento de la mente, entonces sería más correcto situarlo en el corazón. Pero el corazón es simplemente un receptáculo o transformador por cuyo intermedio el pensamiento se torna reconocible y efectivo. El pensamiento tiene que pasar por el corazón para volverse activo y significativo.

Anaïs Nin y Henry Miller

Leer siempre es interpretar.

¿No sería formidable, pensaría cierta gente, construir nuestra casa de manera que desde el asiento del excusado pudiéramos divisar un imponente panorama? Me parece que no interesa en lo más mínimo la vista que se tenga desde el retrete. Si al acudir al retrete llevas contigo algo más que tú mismo, además de tu propia necesidad vital de evacuar y limpiar el organismo, puede que entonces el desiderátum sea una vista hermosa o imponente desde la ventana del cuarto de baño. En ese caso bien valdría la pena montar una estantería para libros, colgar cuadros y hermosear de otra manera este lieu daisance. Así, en vez de salir al aire libre y tenderse bajo un árbol frondoso, valdría la pena sentarse en el “baño” y meditar. Si fuese necesario hasta se podría construir todo el mundo personal en torno al “W.C.”. Se podría hacer que el resto de la casa quedase subordinado al asiento de esta suprema función. Se forjaría así una raza que, altamente consciente del arte de la eliminación, se dedicaría a eliminar todo lo que hay de feo, inútil, malo y “deletéreo” en la vida cotidiana. Haciendo eso elevaríamos el retrete a lugar celestial. Pero mientras usemos este sagrado retiro no perdamos el tiempo leyendo sobre la eliminación de esto o aquello, o ni siquiera sobre la eliminación misma. La diferencia entre la gente que se refugia en el retrete, sea para leer, rezar o meditar, y la que sólo concurre allí para hacer lo que tiene que hacer, radica en que la primera siempre tiene una ocupación inconclusa entre manos y la segunda siempre está lista para el próximo movimiento, para el próximo acto.

Henry Miller – Monólogo del Baño Pt. 4/4 (Asleep and Awake, 1975)

Hay un antiguo dicho que dice: “¡Mantén abierto tu intestino y confía en el Señor!” Esto encierra su sabiduría. Hablando en términos amplios, significa que manteniendo nuestro organismo libre de venenos estaremos en condiciones de tener la mente libre y despejada, abierta y receptiva; dejaremos de preocuparnos por cuestiones que no nos atañen -como la forma en que debe dirigirse el cosmos, por ejemplo- y haremos en paz y tranquilidad lo que debe hacerse. Este sano consejo no contiene la menor insinuación de que al mantener abierto el intestino también se debe luchar por mantenerse al tanto de los acontecimientos mundiales o estar al día sobre los libros o comedias de actualidad, o familiarizarse con la última moda, con los cosméticos más refinados o los fundamentos del inglés básico. En efecto, esa breve máxima implica que cuanto menos se haga para ello, tanto mejor. Digo “ello” entendiendo que la ocupación de ir al retrete es muy seria y no absurda ni repulsiva. Las palabras claves son “abre” y “confía”. Ahora bien, si se arguye que leyendo sentado en el excusado se contribuye a liberar el intestino, sugeriría entonces la lectura de un material lo más leve posible.

¿Cuando visitas al psicoanalista éste te pregunta qué lees en el excusado? Debería hacerlo. Para el psicoanalista debería ser muy distinto que el paciente lea un tipo de literatura en el retrete y otro en otra parte. Incluso debería ser importante el hecho de que tú leas o no leas en el retrete. Lamentablemente estas cuestiones no se comentan con suficiente amplitud. Se presume que lo que se haga en el “W.C.” pertenece al fuero privado de cada cual. No es así. Interesa al universo entero. Si, según vamos creyendo cada vez más, nos vigilan criaturas de otros planetas, no cabe duda de que espían hasta nuestros actos más secretos (…). Nuestra lectura dice mucho de nuestro ser interior, pero no todo. Sin embargo, el hecho de que estés leyendo en un sitio donde deberías estar haciendo, reviste cierta importancia. Es una característica que hombres ajenos a este planeta destacarían inmediatamente, y bien podría influir en su juicio sobre nosotros.

Entrevista a Anaïs Nin [en francés]

¿Entonces con limitarse a abrir el intestino no basta? ¿Hace falta incluir a Shakespeare, Dante, William Faulkner y a toda la galería de escritores de libros de bolsillo? ¡Dios mío, qué complicada se ha vuelto la vida! En otra época cualquier lugar nos venía bien. Por compañía teníamos el sol o las estrellas, el canto de los pájaros o el graznido de la lechuza. No se trataba de matar el tiempo ni de matar dos pájaros de una sola pedrada. Simplemente se trataba de dejar salir. Ni siquiera se nos ocurría confiar en el Señor. Esta confianza en el Señor era tan inherente a la naturaleza del hombre, que vincularla con el movimiento intestinal habría parecido blasfemo y absurdo. En la actualidad se requiere un eximio matemático, que también sea metafísico y astrofísico, para explicar el sencillo funcionamiento del sistema autónomo. Ya nada es sencillo. Debido al análisis y a la experimentación, hasta las cosas más ínfimas han asumido proporciones tan complicadas que es extraño que alguien pueda decir que todo lo sabe de todas las cosas. Hasta la conducta instintiva resulta ser altamente compleja. Las emociones primitivas, como el miedo, el odio, el amor y la angustia, resultan terriblemente complejas.

Me parece que no se han escrito todavía libros que ofrezcan sustento mental, moral y espiritual a esos audaces precursores [que viajan al espacio]. Es posible, según lo veo, que estos hombres no se preocupen para nada por la lectura, ni siquiera en el retrete; quizá se conformen con ponerse a tono con los ángeles, con escuchar las voces de los seres queridos que partieron, aguzando el oído para captar la incesante canción celestial.

El propósito de la vida es vivir, y vivir significa estar despierto…
alegremente, borrachamente, serenamente, divinamente despierto“.
– Henry Miller

Asociación Libre

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