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Por Jaime Sandoval

[Descrito por J.S. como un plagio creativo]

Anaís me acompañó a la puerta, y ante mis insistencias me prometió que me leería más cosas de su cuaderno amarillo y su cuaderno azul. Se despidió de mí con beso en la mejilla, hice el gesto de abrazarla pero a mitad de camino dudé, entonces ocurrió algo que nunca imaginé, Anaís se acercó hasta que nuestros cuerpos se tocaron y me abrazó.

– En Argentina abrazamos mucho, y en el tango una de las cosas más importantes es el abrazo, un abrazo en un tango te permite llegar a descubrir el estado del otro. Cuando estás bailando no importa lo anterior, ni lo futuro, éste es el momento de la verdad – yo permanecía en silencio -. En el abrazo puedes saber si el otro está contento o si tuvo un mal día, si nos cuida o nos maltrata, si el otro no te escucha a ti o a la música, o si está nervioso. Esto es lo que se llama la marca – se separó un poco de mí y guió mis brazos hasta llegar a la postura clásica de la pareja de tango -, la posición de los brazos, el pecho, la intención del cuerpo para guiar o ser guiado. Hay marcas suaves y marcas seguras, hay marcas fuertes y marcas dudosas. Si me abrazas como lo hiciste, con una marca dudosa o demasiado suave, yo no seré capaz de entender lo que buscas, tendré una sensación de inseguridad como si perdiera el equilibrio. Por mi lado, estaré a la espera de tus propuestas, no debo resistir con fuerza el avance de tu cuerpo, ni anticipar tus pasos, tengo que buscar primero entender tus movimientos. Si haces una marca muy fuerte – dijo esta vez asumiendo la postura del hombre -, puede ser clara, pero si no aprendes a relajarla, puedes terminar forzando a la mujer, y producirle dolores o incomodidades, puede que se sienta afixiada, como si no estuvieses bailando para el placer de los dos, sino sólo para lucirte tú. Hay mujeres que mal entienden la cortesía y que nunca te dirán tus errores en la cara, y al final terminarás perdiendo el parámetro que te permite saber qué es una marca placentera, porque no hay mejor juez que una mujer que ha bailado contigo, para saber qué se siente de tu abrazo. Ambos tenemos que buscar el punto justo – retomó la postura de la mujer -, el eje imaginario del que hablan los profesores de tango, en donde no exista peso, apriete, fuerza ni gestos bruscos. Esta búsqueda tiene que ser interminable, siempre tienes que tratar de mejorarla, y no dejar nunca de hacerlo, no tienes que olvidar que estás aprendiendo a comunicarte mejor conmigo.

Anaís me volvió a abrazar y me dijo, “siente como tu brazo se enrosca como una serpiente en mi cintura, como si se fuera a quebrar, y cierra los ojos para poder escuchar mejor”[1]. Nos quedamos así por un instante que parecía estar fuera del tiempo, hasta que me soltó y sentí una ausencia como nunca antes había sentido. “Así se baila el tango, esta será tu primera lección”, me dijo sonriente, luego bajó conmigo para abrirme el portón, se cruzó el abrigo por el frío – como si se abrazara a sí misma -, se despidió de mí y subió corriendo las escaleras.


[1] N.E.: Los versos pertenecen a “Así se baila el tango”, escrito en 1942 por Elizardo Martínez Vilas (Marvil).

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